Besar es un lenguaje

“En un beso, sabrás todo lo que he callado.”
-Pablo Neruda


El psiquiatra argentino, Alberto Orlandini, deja muy claro que la zona del cuerpo que se besa es sumamente importante para su análisis. Todo depende de la significación del acto: “El beso en la mejilla o en la frente, representa amistad o ternura; el beso en la mano es la satulación; el beso en el pie es sumisión; el beso en la boca y en los genitales es erotismo puro”. En este artículo trataré de analizar este último tipo de beso: el beso en la boca, para ser específico.

Comenzaré haciendo una confesión de vida: No recuerdo el momento –el instante– en el que dí mi primer beso. No me preocupa la irrelevancia, sino el olvido. Olvidar el primer beso no depende, tal vez, del espacio temporal ni de la etapa de mi vida en que esto sucedió. Quizá sea la negación de entender eso que Eric Fromm aclara en el Arte de Amar: “El amor infantil sigue el principio: ‘Amo porque me aman’.”. Amar es acción compleja. Amar a cambio de esperar recibir lo ofrecido como retribución a lo brindado es un tema muy serio. El amor rebasa expectativas, dispone de ilusiones. En la infancia, el ego está tan presente que, en la mayoría de los casos, termina dominando al niño.
No puedo acordarme del primer momento en el que mis labios se unieron a los labios de una niña –quizá en el Kinderkarten–, lo acepto. Por otro lado, recuerdo a la primera niña (adolescente) que besé “en serio”, que me besó, que nos besamos sin pretensiones, sin egoísmos. Besarse no comprende los pronombres “tú” y “yo”, sino que sólo entiende el lenguaje del “nosotros”. En mi caso, la importancia de este recuerdo se basa en el valor, en el interés y en la influencia de este ser humano en mi vida.

El beso, definido por Eibl-Eibesfeldt como “unión de labios y de lenguas”, es producto del hombre civilizado. El beso en la boca es un invento que comienza a manifestarse en la última etapa de la evolución, cuando el primate adquiere la capacidad lógica que caracteriza parte del proceso racional. Yo diría que es una expresión de la Metafísica comunicada por medio de un juego de labios, de lenguas y de ojos cerrados que, pese a estarlo, pueden verse sin mirarse, es decir, pueden llegar a contemplar lo que los ojos no llegan a percibir en su función original. El beso anuda espíritus. Quien besa, quien es besado, busca en la inconciencia permanecer atado al ser besado (entiéndase al tiempo –el instante– y a la entidad que se define a sí misma frente a un sentimiento compartido). Besar no solamente es comunión de labios, es también descubrimiento de las almas. A toda conquista le antecede un hallazgo. El beso –como descubrimiento– alcanza la revelación de lo tangible para lograr conquistar lo que va más allá de lo físico.


En Piedra de sol, el poeta Octavio Paz se revela en un verso, en un ve(r)so: “un mundo nace cuando dos se besan”.  El beso está en la poesía porque la poesía, más allá del género y de la composición literaria, más allá del arte, es un beso de tinta y de papel. Exorcisar los sentimientos que enaltecen o torturan nuestra ánima es crear un mundo. Cuando dos seres humanos se besan, construyen un mundo que, para ellos, ya no se entiende solamente como “su mundo”, sino que pasa a convertirse en “el mundo entero”. El beso es Poesía y poema, los poetas estructuran universos con la palabra como ladrillo y con el sentimiento como estructura. El beso es también una forma de arte, una manera humana de plasmar un instante en un hecho trascendental cuando se realiza con el corazón.


Para Irenäus Eibl-Eibesfeldt, la costumbre de “besarnos” surge en el humano como un ritual filogenético, originario de la alimentación, boca a boca, de los “animales inferiores”.  Este autor nos explica la evolución de este gesto concluyendo que el beso, en su cambio gradual (beso-olfateo; beso-mordisqueo; y beso-labios+lengua), es debido a la necesidad de los humanos ante el contacto de la piel. Necesidad que surge cuando el hombre y la mujer comprenden la existencia de un “ser superior” a quien le deben la existencia: la madre. La figura materna, para algunos psicoanalistas, es determinante en la vida del niño. Si seguimos esta idea como cierta (cosa que sería un error), entonces llegaremos a entender que la evocación de la imagen –la madre– está y estará siempre presente en la vida amorosa del ser pensante.
 Para el sociólogo italiano, Franscesco Alberoni, “el sabor de la boca del pretendiente es tan decisivo como el olor del mismo”. Besar es el contacto humano más íntimo. Es la antesala al contacto carnal, pues, antes del cuerpo, primero se deben tocar las almas. El primer paso del erotismo es –quizá– la búsqueda del amante. Las feromonas llaman, gritan, invitan. El olor del otro nos inunda las fosas nasales y nos aviva el impulso, eso que un psicoanalista llamó “pulsión”. El beso es el primer ejercicio del amor, del erotismo, de las artes amatorias y, también, de ese instinto animal que hasta el hombre más “civilizado” posee en el cuerpo, ¿y en la mente?.



El beso es un lenguaje; entendiendo el lenguaje como “la capacidad propia de los seres humanos para transmitir un pensamiento o sentimiento por medio de la palabra”. Cambiaré “por medio de la palabra” aventurándome a poner “por medio del contacto”, pues, podemos entender, que el beso es un contacto; que el contacto es palabra; y que la palabra crea. Besamos –nos besamos– para crear mundos y, aunque contradictorio, para destruirlos. Si nos vamos a destruir que sea para reconstruirnos. El beso, como el lenguaje, edifica grandes monumentos, reconstruye almas y puede llegar a inventar universos.
Hay psicólogos que afirman que, tanto hombres como mujeres, son capaces de conocer a una persona con la que no han cruzado palabra alguna simplemente por medio de un beso. La boca puede comunicar quiénes somos: ya sea por medio de la voz, ya sea por la palabra hablada, ya sea por medio de una ligera contracción en los labios que conlleva a un chasquido o, en casos de una fusión amorosa con tintes eróticos, a una explosión de sentimientos que se comunican a trevés de un complejo nudo de lenguas.
Yo, en lo personal, miro y siento los besos como lenguaje. La vida me ha hecho entender que la expresión humana debe sentirse, saborearse y, por consecuencia, vivirse. El beso, como el arte, como las ciencias, tiene su propia taxonomía, sus propias ramas, sus propios estudios y, consecuentemente, sus propios estudiosos (cieníficos, filósofos y artistas) que han tratado de encontrar en una simple acción, un mundo que no se puede explicar con palabras.

Hace un par de días, un estudiante de Hermenéutica me dijo: “Diego, yo creo que el lenguaje halló al hombre, no el hombre al lenguaje”. La daré la razón (aunque esto me lleve a la contradicción): El beso halló al hombre, no el hombre al beso. Algunos expertos en el tema, afirman que las palabras son la mejor forma de transmitir la emoción. Yo no creo esto. Soy fiel a mi postulado: No hay mejor forma de transmitir y representar una emoción que a través de una caricia, del contacto físico, de un lazo que une los espíritus. El beso es el lenguaje del alma que se expresa en un instante; la escritura, por otra parte, es el lenguaje visual en el cual se pueden escuchar con los ojos el sonido de los corazones.



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Twitter: @DFG_Diego

Semblanza: Diego Fernández Gómez es mexicano, habitante y ciudadano de un gran ser del que está enamorado. Diego se define como un primate en proceso de evolución; humano, la mayoría de las veces. Hoy por hoy posee puras creencias; anda en la búsqueda saberes y está famélico de conocimientos. La lectura es su consuelo, la escritura es su ejercicio para seguir viviendo.

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